Mi Vida, Desde el puerto con corazón


 


MI VIDA, DESDE EL PUERTO CON CORAZÓN


Me llamo Hugo García Gálvez y nací el 19 de junio de 2008, en el Hospital de Puerto Real, aunque toda mi vida he vivido en un pueblo de Cádiz llamado El Puerto de Santa María. Allí crecí, entre calles llenas de sol, olor a mar y vecinos que se conocen de toda la vida.



De pequeño era un chaval muy activo, al que le encantaba jugar en la calle, correr, inventar juegos, ensuciarme y reírme sin parar. Pero lo que más me gustaba, más que cualquier otra cosa, era pasar tiempo con mis abuelos. Con ellos me sentía protegido, libre y querido. Me enseñaron a querer de una forma muy mía, a mi manera, a veces bruta, a veces torpe, pero siempre de verdad.



Uno de los momentos más especiales de mi infancia fue el día de mi primera comunión. Me acuerdo perfectamente: estaba toda mi familia reunida, felices, orgullosos, y yo llevaba un traje que me hacía sentir mayor. Pero lo más bonito de ese día fue que mi bisabuela pudo verme vestido así, acompañándome. Era muy importante para mí. Me miraba con una ternura que no se me olvida, y yo sabía, sin que nadie me lo dijera, que ese momento no se repetiría.






Y así fue. En 2019, mi vida cambió. Ese año fue difícil y bonito a la vez. Por un lado, fue el año en que perdí a dos personas muy importantes para mí: mi bisabuela y mi abuela paterna. Y además, mi abuela falleció justo el día de mi cumpleaños, el 19 de junio. Desde entonces, ese día tiene un doble significado: es mi día, pero también el día en que siento una ausencia muy fuerte.


Pero ese mismo año, también pasó algo bueno. En quinto de primaria, empecé a juntarme con dos personas que hoy siguen siendo esenciales en mi vida: David, Sergio y Borja . No sé si en ese momento sabíamos que íbamos a ser tan buenos amigos, pero poco a poco se fue formando algo muy fuerte. Ellos han estado ahí en los momentos duros, en los buenos, en los días tontos, en las risas y en los silencios. Tener amigos como ellos es una suerte enorme.


Pasó el tiempo, como todo pasa, y ahora tengo 17 años. Estudio en el IES Santo Domingo, y estoy en primero de bachillerato. Me esfuerzo cada día en seguir adelante, aunque no siempre sea fácil. Me gustan mucho los deportes, sobre todo el fútbol, que practico con mucha ilusión, y aunque las matemáticas a veces me cuestan, voy a clases de refuerzo para mejorar. El inglés es otra historia… se me hace cuesta arriba, pero no dejo de intentarlo.



Este año, 2025, está siendo uno de los mejores años de mi vida. He conocido a personas nuevas en el instituto que han entrado en mi vida como un rayo de luz. Son buenísimos amigos, de esos que te hacen sentir acompañado, que te escuchan, te apoyan y te hacen reír cuando más lo necesitas, ellos son: Gadiel, Pablo, Aarón y Javi . A pesar de que mis padres se han separado, cosa que al principio me dolió mucho, puedo decir con el corazón en la mano que estoy feliz. Me siento más fuerte, más consciente de quién soy y de lo que quiero.


Mi gran sueño es ser policía nacional. Quiero servir, proteger y ayudar a los demás. Si pudiera ascender en el futuro, sería un orgullo enorme, especialmente por mi abuelo, que sé que estaría muy orgulloso de mí. También me gustaría tener una familia propia, casarme, tener dos hijos, y formar un hogar donde se respire cariño y respeto.


Una cosa que he aprendido con los años es que a veces no sabemos cómo demostrar lo que sentimos. Yo, por ejemplo, desde pequeño he tenido la costumbre de demostrar mi cariño molestando, empujando, haciendo bromas… Sé que eso a veces me ha traído problemas, porque no todo el mundo lo entiende, pero es mi forma de querer. Y aunque estoy aprendiendo a expresarlo de otras formas, esa parte también soy yo.


Con el paso del tiempo, imagino mi vida avanzando tranquila. Me veo cumpliendo mi sueño, trabajando como policía, siendo un buen padre, un buen esposo y, sobre todo, una buena persona. Me gustaría ser ese amigo que siempre está, al que puedes llamar a cualquier hora, que no juzga y que ayuda sin pedir nada a cambio.


Después de muchos años de servicio, llegará el momento de jubilarme. Y ahí empezará otra etapa, quizás más libre, más serena. Me imagino viajando, conociendo otros países, culturas diferentes, probando comidas raras y sacándome fotos en lugares que nunca pensé que pisaría. Y seguramente me diré a mí mismo: “¿Y por qué no hice esto antes?”. Pero también sé que cada cosa tiene su momento.


Con los años, llegaré a ser abuelo. Y ahí volveré a ver la infancia, esta vez desde el otro lado. Les contaré a mis nietos historias de cuando yo era niño, de mis amigos del instituto, de mis abuelos, de Cádiz, del fútbol y de cómo aprendí que querer también es estar.


Y un día, cuando tenga 97 años, me iré a dormir. Será una noche tranquila. Me acostaré sin saber que esa sería mi última vez. No sentiré miedo, porque habré vivido como quise, amando con fuerza, riendo, llorando, cayendo y levantándome. Y ya no despertaré.

Pero algo me dice que no me habré ido del todo. Porque después de mi muerte, mi cuerpo será incinerado. Así lo habré querido. Y a cada persona que de verdad me haya querido, que de verdad haya estado en mi vida de corazón, le darán un pequeño tarrito con parte de mis cenizas. Para que puedan tenerme cerca, como un recuerdo bonito, como una parte mía que sigue ahí, en su estantería, en su cuarto, o donde sea que hayan decidido guardarme.


No será tristeza. Será amor. Un recordatorio de que estuve, que quise, que fui querido. Porque al final, la vida no se mide por los años que vivimos, sino por las huellas que dejamos. Y yo solo espero haber dejado las mías en los corazones que realmente importan.

FIN

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